Contra las guerras del imperialismo, feminismo de clase.

La juventud de hoy hemos crecido bajo una sensación permanente de guerra. No es algo excepcional ni lejano: es el ruido de fondo de nuestras vidas. Desde la infancia hemos visto conflictos armados retransmitidos como espectáculo, discursos belicistas normalizados y un mundo que nos presenta la guerra como algo inevitable. Mientras tanto, se nos ha robado el futuro en nombre de la “estabilidad”, la “seguridad” y los intereses del capital según nuestro género.

En este contexto, el patriarcado juega un papel central. La alianza entre imperialismo y patriarcado se refuerza especialmente en los conflictos armados, donde las mujeres —y particularmente las mujeres jóvenes— sufren formas específicas de violencia: violaciones como arma de guerra, trata, desplazamientos forzados, pérdida de autonomía y una carga desproporcionada de los trabajos de cuidados. Pero también aquí se intenta imponer un relato que nos quiere pasivas, rotas, incapaces de organizar y resistir.

La realidad es otra. Las mujeres jóvenes de la clase trabajadora somos también sujeto político activo en la resistencia y en la reconstrucción. Sostenemos la vida cuando todo se derrumba y participamos en la lucha contra la ocupación, la explotación y la dominación imperialista. Desde el feminismo de clase, no podemos separar la lucha contra la guerra de la lucha contra el patriarcado y el capitalismo. No sirve un feminismo liberal ni institucional que condena la violencia de forma abstracta mientras legitima las “intervenciones” imperialistas o se integra en las estructuras del poder burgués. La emancipación de las mujeres solo es posible con la derrota del imperialismo y la superación del sistema capitalista, que necesita de la guerra y de la opresión de género para mantenerse. 

Frente a la falta de referentes históricas que intentan imponer con su discurso único, blanco, masculino e imperialista, nosotras, las mujeres comunistas seguimos el legado de tantas camaradas, como Vilma Espín guerrillera y militante por la revolución cubana, Aida de la Fuente militante comunista que murió durante el levantamiento revolucionario de octubre de 1934, Leila Khaled militante Palestina, Liudmila Pavlichenko miembro del victorioso Ejército Rojo que dió batalla al fascismo, Nguyen T’hi Minh Khai, miembro del Partido Comunista de Vietnam, líder en Saigón, hasta que fue capturada y torturada por el gobierno colonial francés en 1940 y ejecutada, Deolinda Rodrigues, revolucionaria angoleña miembro del MPLA, Assata Shakur Pantera Negra, veterana del Ejército Negro de Liberación, entre muchas otras; hoy su lucha sigue viva y la victoria será suya también. 

Nuestra generación ha tenido que vivir con la violencia estructural como norma, pero como Juventud Comunista, no lo aceptamos. La guerra no empieza cuando caen las bombas: empieza cuando se normaliza la pobreza, cuando se militarizan fronteras, cuando se recorta en educación y sanidad para invertir en armamento, cuando se criminaliza la protesta y se nos dice que no hay alternativa. Esa es la guerra cotidiana que enfrentamos como juventud.

Frente a este escenario, la respuesta no puede ser la resignación ni el pacifismo abstracto. La tarea de la juventud trabajadora es organizarse, romper con la propaganda imperialista y construir una alternativa revolucionaria. Desde el antiimperialismo, el internacionalismo y el feminismo de clase, levantamos una lucha que conecte nuestras condiciones de vida con la barbarie que el sistema exporta a otros pueblos.