
Hace ya 33 años desde que el joven antifascista Guillem Agulló fue asesinado a manos de un grupo de fascistas en ese fatídico día de 11 de abril de 1993 en Montanejos. 33 años en los que el movimiento antifascista de toda índole no ha permitido, ni permitirá, que su historia quede olvidada ni se diluya con el paso del tiempo, tal y como ha hecho con otros jóvenes antifascistas como Carlos Palomino o Miquel Grau, entre otros y otras.
Pero su caso no es solo un recuerdo de la violencia de la extrema derecha, sino de la impunidad de esta en el sistema. Ya que solo uno de los miembros del grupo que atacó a Guillem fue condenado y únicamente a 14 años de prisión, de los que solo cumpliría 4, ya que la Audiencia Provincial no lo trató como asesinato político y lo redujo a una pelea juvenil. Parece que un ataque premeditado, realizar el saludo fascista y cantar el “Cara al sol” tras acuchillarlo no fueron suficientes indicios para considerarse un ataque político. Esta impunidad nos recuerda que el sistema judicial tiene una doble vara de medir.
Recordarlo hoy no es únicamente un ejercicio de memoria, sino también de responsabilidad colectiva. Significa reconocer que su asesinato no fue un episodio aislado, sino parte de una realidad que todavía sigue presente en nuestra sociedad. Y es que hoy la ultraderecha y los movimientos fascistas se encuentran envalentonados, reflejándose en una crecida significativa de la violencia vinculada con la extrema derecha, especialmente favorecida por el contexto internacional y la extensión y normalización de discursos de odio y xenofobia.
Ante esta situación no queda otra que, desde el movimiento obrero y antifascista, crear un frente único de respuesta ante este aumento de violencia y llevar la bandera del antifascismo a nuestros barrios y pueblos.
Por Guillem y por tantos y tantas antifascistas asesinadas, ni olvido ni perdón.
